Si te digo Instagram seguramente pienses en fotos de playa, vídeos motivacionales en formato vertical y memes colgados en stories. Es una de las redes sociales más populares, con más de 2.000 millones de usuarios activos al mes y un crecimiento constante año tras año.
Lo que quizá no sepas es que esta app empezó siendo un bazar atestado de funcionalidades con nombre de licor. De haber llegado a ver Burbn en 2009 habrías empezado a cantar Keep it simple como si fueses Van Morrison.
Sí, estoy escuchando la canción mientras escribo. Te dejo el enlace.
Burbn: la app que quería ser todo
Para entender por qué atestar una aplicación de funcionalidades parecía buena idea, primero hay que entender qué es la época dorada de Facebook (y Tuenti, en España): muro, estado, chat, eventos, páginas, juegos flash, mensajes privados, encuestas, fotos grupales, álbumes de fotos… Y seguro que, 17 años después, me estoy olvidando algo.
El caso es que Kevin Systrom, el creador de Burbn, tenía una idea relativamente sencilla: una app de check-in, a la que fue agregando funcionalidades como hacer planes con amigos, ganar puntos por quedar en persona (no tengo claro para qué servirían esos puntos, a decir verdad) y, de manera secundaria, compartir fotos.
En este contexto habría que hablar de feature creep, pero a eso ya volveremos en el futuro. Burbn pretendía competir con productos similares como Foursquare y al mismo tiempo quería acercarse a ser una red social, lo que provocó una interfaz recargada y confusa, pero también un problema muy serio: ¿Cómo comunicas un producto que es todo y nada a la vez?
La experiencia de usuario como punto de partida
Burbn salió al mercado. Brevemente.
Los primeros usuarios de la aplicación no utilizaban Burbn como una aplicación de check-in ni las funciones de geolocalización. Sin embargo, las de compartir y editar fotos funcionaban a un nivel que solo puede describirse como un “fua chaval”. Un par de funciones secundarias capitalizaban más actividad que todas las demás funcionalidades juntas.
En esta circunstancia había una disyuntiva clara: ¿Optimizar las funciones principales o priorizar las secundarias? La decisión, que en lo personal creo vino bastante influenciada por la popularidad que Twitter estaba ganando, fue quedarse con simplificar la aplicación al máximo: desecharon las funciones de check-in y se quedaron con las fotográficas, priorizando construir la mejor experiencia posible para compartir fotos desde el móvil.
El rebranding basado en el uso
La aplicación ya había cambiado, pero Burbn no parecía ser el nombre adecuado y la imagen asociada a la aplicación, aunque no era mala, tampoco era la que correspondía a su oferta. De este modo, a finales de 2010 cambió de nombre: Instagram.
Las fuentes fiables dicen que es la apócope de “Instant Camera” y “Telegram”, aunque dado que toda su comunicación se basó en “capturar momentos” también podríamos buscar una justificación más romántica. También cambió su logo de una Polaroid Onestep a una Bell & Howell, para que los frikis de la fotografía sintiésemos el rebranding completo.
Con este relanzamiento Instagram logró 25.000 descargas durante su primer día. Puede parecer poco, pero era 2010 y el lanzamiento se dio solo en iOS. Un año más tarde, la aplicación contaba con más de diez millones de usuarios activos al mes.
Para 2012 Facebook compró la empresa, y el resto es historia.
Tres lecciones que vale la pena recordar
Probablemente ni tú ni yo construyamos el próximo Instagram, pero eso no significa que no podamos sacar algunas lecciones de esta historia para aplicar a nuestro negocio. Y probablemente funcionen bien independientemente del tamaño:
- Intentar hacerlo todo significa no destacar en nada. Una cartera de servicios demasiado grande siempre es contraproducente. En el mejor de los casos tu marca pierde la oportunidad de demostrar especialización, y en el peor puedes empeorar la experiencia de usuario y la percepción general del negocio.
- Atiende a los datos, no a la intuición. En los negocios hace falta un poco de olfato para tomar decisiones, pero este paso es el último a dar en la creación de un producto o el cambio de rumbo en un negocio. No puede responder a un capricho momentáneo o a una sensación; debe estar fundamentado.
- La simplificación es una decisión estratégica, no una renuncia. A veces hay que eliminar partes de tu negocio para focalizarte en las secciones más importantes o con mayor potencial. Y también funciona al revés: Añadir funciones puede acabar restando valor al producto.
Todos estos consejos pueden ayudarte a cambiar el rumbo de tu negocio, sea porque no te va bien del todo o porque buscas mejorar tus resultados. En cualquier caso, lo primero es identificar los puntos fuertes de tu propuesta y ver qué aporta realmente al cliente. Lo mejor es que colabores con una consultoría estratégica para esto, y construyas tu estrategia a partir de ahí.